lecturas varias
¡sin tregua!
Si en la lid el destino te derriba,
Si todo tu camino es cuesta arriba
Si tu sonrisa es ansia insatisfecha,
Si la faena es mucha y vil cosecha;
Si a tu caudal se contraponen diques,
Date un respiro... pero ¡no claudiques!
(Rudyard Kipling)
un artículo de opinión
LA ESCUELA Y LOS CUIDADOS PALIATIVOS
Los síntomas de que la escuela, la educación, está atravesando una importante crisis saltan a la vista. Todo el mundo opina y propone soluciones. Pero el asunto es más de fondo que de coyuntura. Resulta que la actividad educativa comparte límites con la política, la economía, la cultura, por lo que podemos acordar que hay diversos y variados posibles factores donde buscar el foco de contagio. Por citar, señalaremos algunos, intentando encontrar y aplicar el oportuno tratamiento.
La ideología, que como fundamento de la democracia hay que inculcarla, hay que transmitirla porque se cree en ella. Pero hay que reconocer que resulta un trabajo estéril enseñar algo cuando se conoce su escaso poder transformador. Así, no tiene sentido plantearse una educación no competitiva si la vida, paredes afuera es pura competición, donde la premisa no es precisamente el juego limpio.
La escuela vive una contradicción constante: no es fácil llegar a una síntesis de valores compartidos por toda la comunidad. ¿Quién valoraría a una institución educativa por la formación profunda en los valores democráticos? ¿Qué interesa más, ser persona o aprobar el curso? ¿Cuántos alumnos repiten curso por insolidarídad, por faltas de respeto a las personas, por ausencia de responsabilidad en su tarea?
Otro fenómeno destacable que incide en la esfera educativa es el dinero. Las reformas de la enseñanza se concretan en dinero, los grandes discursos sobre la importancia de la enseñanza se transforman en dinero. Además de la cantidad de personas que viven de las necesidades que se crean al mundo educativo.
La burocracia. Al estamento funcionarial hay que regularlo obligándole a hacer cada año mejor su tarea. Es una exigencia social de permanente actualización. Además, a nadie satisface año tras año enseñar las mismas cosas, con los mismos métodos y ante las miradas de niños aburridos, obligados al silencio y al letargo. Se termina por creer que la enseñanza tiene que ser así: repetitiva y aburrida.
Las familias, desde las que buscan la escuela como párking idóneo donde durante varias horas sus vastagos están a salvo, hasta quienes tienen la secreta ilusión de que salgan educados como buenos ciudadanos. ¡Que sepa mucho! Sin saber para qué, pero mucho. Hay que ser el número uno. Y sí se fracasa la culpa es del sistema, del profesorado, del niño o niña que no supera el listón fijado en la media. ¿Qué media? ¿Quién fija el listón?
Pero si se espera precisamente que fracase la mitad del alumnado, si eso es lo que interesa a la sociedad para así mejor repartir beneficios, entonces el fracaso es un éxito. Otra cosa es que la escuela se convierta en motor social. Pero estamos al revés, la escuela va a remolque de la sociedad, y como tal remolque a ella se achacan los males de la sociedad y, para colmo, se le encomienda que los resuelva. Los programas, los contenidos. Cada día se amplían, surgen propuestas de nuevo cuño, nuevos pre-textos apoyados en textos y generadores de preguntas de examen. Pero no de planteamientos para la vida, para hoy, para solucionar los problemas de ahora. No se enseña para el presente, se enseña para el curso siguiente. Pero ¿qué es lo que se debe enseñar? La cultura no se hace desde la escuela, se hizo antes incluso de que ésta existiera. En realidad se pretende que se aprendan cosas que luego no van a ser necesarias en los trabajos que la sociedad oferta. Y se aprenden.
El profesorado. La cultura individualista, el librillo de cada cual, atenta contra el trabajo en equipo que demanda la educación como responsabilidad compartida. Pero las mínimas expectativas profesionales, las escasas posibilidades de promoción y mejora, se constituyen en trabas que difuminan el interés. Y la edad y el ambiente no perdonan: los comportamientos conservadores, rutinarios vienen a ser el resultado no de una ideología, sino el final de un proceso de frustración personal.
Lo único importante es dar las clases. ¿Coordinación? ¿Trabajo colaborativo? El alumno seguirá viendo la sucesión de seres con sus manías, sus ocultos miedos, sus inseguridades, a quien, hora tras hora, habrá que darle las vueltas para entretenerse un poco antes de que acabe la clase. Y hay tantas cosas que pueden ocurrir en un aula que, clase tras clase, día tras día, pueden poner en jaque la salud personal y de la institución. Sin embargo, no se pueden magnificar los conflictos. No se trata sólo de descubrir quién fue el que...
Pero en el diverso campo de fuerzas de una clase, cuando no se controla bien lo que ocurre, se utiliza como defensa el control exhaustivo, la disciplina por la disciplina. Desde la fila de entrada, ordenada, hasta el timbre como sonido ya familiar, liberador, suelen escucharse silencios que no comunican más que órdenes, crispación y crítica. ¿Por qué saldrán a la carrera hasta el patio o a la calle?
El diagnóstico ya está apuntado. Intentemos instaurar un posible tratamiento y los cuidados subsiguientes.
Son muchos los elementos de la escuela que han de cambiar. Y el cambio se hace desde una enérgica actitud de progreso. La educación no se puede abordar desde planteamientos conservadores, pues entonces no habrá manera de cambiar lo que nos disgusta de esta sociedad. Cuando la sociedad se convence de que la tarea grupal, el conocimiento y la información compartidos, es lo que demanda la sociedad del siglo XXI, la escuela da un paso atrás potenciando principios retrógrados basados en la 'autoridad' impuesta. ¿Donde quedó el principio de participación si los claustros apenas deciden y los consejos escolares se han quedado a miles de años luz de lo propugnado desde la LOGSE? No hemos avanzado apenas en los últimos dos mil años. Sí, con nuevos medios, pero con los mismos métodos. Sí, con una ventana abierta al mundo del conocimiento, pero ubicados como siempre frente al profesor, al estilo de la enseñanza pasivo-transmisiva, como si él lo supiese todo. Compartiendo información de manera jerárquica cuando podemos encontrar mucha y valiosa más allá de los pupitres. Refiriéndonos a la ideología que apuntábamos arriba, no nos podemos llevar a engaño: la escuela no es ni puede ser neutral. Debería ser decididamente beligerante, con lo que se mitigaría ese papel de convidada de piedra ante los debates acerca de su funcionamiento y repercusiones. Hacer efectiva la apertura de los centros al entorno y la entrada de éste en aquéllos, la implicación social, la verdadera participación de las familias en la escuela. No las escuelas de padres, en horarios de las 'labores' de madres, impidiendo el enriquecimiento de la comunidad que aprende. En esos sucedáneos de galería, acríticos, se dispensan recetas como churros. Y se cierran las puertas a mucha experiencia potencialmente enriquecedora. En educación, cuando hay mucha gente implicada, hay que intentar descartar las medallas individuales y/o las fotos de familia.
Sería necesario contemplar -abandonando lo que sobre, lo que se estime como inútil de los actuales contenidos, apostando por enseñar a aprender, por el aprendizaje compartido, por el enfoque humanista y vivencial de la educación-, la formación para el consumo responsable; la formación para la solidaridad imprescindible para mantener las constantes vitales de la tierra; el desarrollo de la actitud crítica que permite el afianzamiento de la autonomía moral y evita la manipulación de personas, ideas y conciencias; la formación para la comunicación, para la selección de la información necesaria y relevante; la formación para la convivencia democrática, el civismo, la no violencia, etc. Si no es así, si la escuela no sirve para conseguir estos objetivos, que pueden cambiar el mundo, mejor será acabar con ella.
Pero como nadie da lo que no tiene, también las profesoras y profesores hemos de impregnarnos de dichos supuestos para mejor ilusionar a la sociedad con nuestro trabajo. Y la ruta es la formación inicial y continua, convenientemente revisadas. De lo contrario, si falla alguna de las dosis o tomas recomendadas, la educación irá a parar y a contar sus últimos días en alguna unidad de cuidados paliativos.
publicado hace un par de años
Desprecio adolescente
Eduardo Verdú, El País, 08/03/2005
El adolescente se ha sentido siempre incomprendido, oprimido por una sociedad ajena que lo censuraba y lo adoctrinaba contra su voluntad. Hoy el desprecio es mutuo. Estamos ante la generación de quinceañeros más egocéntrica, maleducada, escandalosa y autodestructiva. Su actitud desordenadamente rebelde o su abulia ante el mundo provoca preocupación en sus padres, pero rechazo también en gran parte de su entorno. Los adolescentes se han transformado en una especie de tribu urbana totalmente desconectada no sólo de la generación precedente, sino de cualquier joven que supere los 25 años. Es usual encontrarlos montando follón en las últimas filas de los cines, haciendo ruidosos comentarios jocosos sobre las escenas de la pantalla, gritando o riendo con el estruendo de un humor tan privado como elemental, vacilándole a los chinos en tiendas de comestibles hasta que son expulsados con sus gigantescas bolsas de gominolas y su aliento a frutos secos.
Es cada vez más costoso sentir aprecio, envidia o, al menos, compasión por los adolescentes porque pocos pueden verse reflejados en ellos. Su versión púber no es la de ninguna de las personas que han de esquivar sus mochilas tatuadas con bic en los vagones del metro, sus desperdicios etílicos en los parques y las plazas del centro o las afueras de Madrid, sus cruces en las calles sin atender a los semáforos.
Los adolescentes no se identifican con el resto de los ciudadanos ni éstos con los adolescentes. Los quinceañeros no comprenden por qué han de volver a casa antes de las cuatro de la madrugada, ni qué hay de malo en mostrar el tanga por encima de la minifalda; sus padres tampoco entienden cuál es la causa de que sus hijos esnifen cada vez más cocaína ni comiencen a beber alcohol a los trece. Los jóvenes madrileños han triplicado el consumo de farlopa en los últimos cuatro años. Ni siquiera los familiares, las asociaciones o los institutos que estudian y velan por esta preocupante camada aciertan a entenderlos.
La falta de información o de diálogo entre padres e hijos es siempre la causa alegada para explicar el desfase de los adolescentes, pero ésta es la prole más aleccionada de la historia en asuntos de estupefacientes o sexo. Se "colocan", sin embargo, como nunca antes y a edades cada vez más tempranas. O bien, la tasa de embarazos entre chicas de catorce a diecisiete años ha venido a duplicarse en la última década.
El adolescente no muestra interés por escuchar ni dialogar. Es una actitud esquiva y desdeñosa la que le blinda frente las advertencias de las campañas antidroga o a las torpes y desafinadas charlas de sus padres sobre marihuana o sexo a la hora de cenar. Los progenitores están seriamente preocupados porque intuyen que la asincronía con estos chicos no es una simple consecuencia de la edad del pavo, sino de la ascendencia de una nueva "estirpe" cada vez más encerrada en sí misma, enrocada contra la autoridad y contra el resto de reglas ajenas a su tribu.
Como consecuencia, mientras los profesores y los padres siguen ampliando los esfuerzos por penetrar en la psicología adolescente, el resto de la sociedad procura ignorarles y responder con una actitud parecida a la indiferencia que los chavales les dedican. Quizá la única alternativa de acercamiento entre los chavales y los demás sería asumir que no tienen un problema porque fumen porros o adoren la violencia en los videojuegos, sino que son así: extraños, distintos.
Siempre es perezoso traducir un código encriptado y más si éste se muestra hostil, pero cuanto antes aprendamos a interaccionar con los adolescentes, antes seremos capaces de comprender anticipadamente su próxima juventud. Porque, probablemente, tampoco su nueva etapa biográfica responda a los cánones juveniles y sería demasiado absurdo pensar toda la vida que esta generación es patológica o sufre una incurable afección.
Acaso el conflicto lo tengamos a medias, es posible que las nuevas cohortes de muchachos formen parte de una sociedad en una tesitura cambiante y obsoleta. Al fin y al cabo, los adolescentes son el resultado más reciente de la ecuación social, el cociente último e incontestable. De momento, lo que resulta innegable es que, en el problema intergeneracional, nadie parece contar con nadie.